Siguió al borracho con la mirada
repitiéndose una y otra vez que era la presa perfecta. Era algo más
alto que él, lo que no era demasiado difícil, pero mucho menos
corpulento. Siempre se había considerado fuerte y esperaba que fuese
cierto, al menos esa noche. Lo había elegido por su aspecto, debía
tener entre 17 y 20 años, ropa cara, volviendo de las discotecas a
las 4 de la mañana, todo indicaba que era de esos que al correr les
suenan los bolsillos. Y lo único que buscaba era desvalijárselos.
La calle estaba desierta. El borracho,
tambaleándose, no se dio cuenta de su presencia hasta poco antes de
que lo derribara por detrás, en carrera, placándole. Fuera de sí,
comenzó a golpearlo salvajemente mientras la víctima gimoteaba
confusa. No tenía planeado usar la violencia de ese modo, pero se sentía poderoso, había fantaseado muchas veces con encuentros violentos, y aquella sensación de poderío superó todas sus expectativas. Aplastándole la cabeza contra el suelo con la rodilla le
pidió que vaciara sus bolsillos, a lo que accedió dócilmente.
Consiguió la rácana cifra de 13
euros. Se sintió furioso, tanto riesgo para una ganancia tan nimia.
Siguió golpeando al chico tendido en el suelo, que apenas podía
gritar. Se deleitó de los macabros segundos que duró aquello, en los que se esforzó en causar los mayores daños posibles. Cuando se marchó de allí a la carrera al oír a alguien
gritar no se molestó en comprobar si se movía o respiraba. A la
mañana siguiente, cuando escuchó en un matinal sobre un horrible
crimen cometido en aquella ciudad, no se sorprendió. Cuando dijeron
que la víctima era un joven que había sido apaleado brutalemente y
que murió en el hospital, no pudo evitar sonreír.
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