"Teme, pues nuestro odio es duradero",
aseveran con rotundidad, orgullosos.
Mediocres en su juicio, valores caducos,
animados por un celo pestilente y crudo.
Ríe, puesto que su odio duradero
no es más que murmullado,
siempre a las espaldas, sin valor.
Un odio cobarde y rastrero.
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