jueves, 27 de febrero de 2014

Añoro egoísta

Añoro egoísta la sensación de ser querido,
henchido de orgullo por saberme valioso.
Deseoso de ver confirmado en otro
mi vacuo amor propio, sin sentido.

Vacío de sensaciones, desconsolado, asisto,
al hambre de pasiones, a cien fuegos ardientes
que consumen y piden imposibles, insistentes,
sabiendo que nada tengo para entregarles.

No sé si espero cambios bruscos de improviso,
sé que no vendrán si no los busco.
Me limita y ciega mi apetito primitivo,
hincaré la rodilla ante el anhelo correspondido.

viernes, 21 de febrero de 2014

No espero más

¿Cuando la mar invitó a ahogarse al marino
era una broma cruel, un agrio divertimento?

¿Por qué se encuentra placer en dominar al amado,
en jugar con lo que es tuyo, con su regalo?

¿Cuando siente pena o remordimiento
el rayo por el árbol que hiende?

No espero más de ti que del rayo,
que desaparezcas, sin disculpas.
Solo quiero recordarte por la herida,
por la cicatriz, testigo del daño
que me hiciste decidida.

¿Qué pretendes, tratando de alcanzar
la más bella rosa del rosal?
¿No sabes que reniega de ti,
no sientes pinchar a las espinas?

Necio, infectado de su veneno.
A la lengua que te enciende
y a tus espaldas te hiere
eres adicto y adepto.


Y sueño, sueño que navego.

lunes, 10 de febrero de 2014

Ojos verdes

Sus ojos son verdes
pero no como el olivo,
sino como una piedra
ojos de gata. satinados y fríos.

Tienen un brillo pétreo
como una gema moteada,
que nació pulida e instalada
en un engarce dorado.

Sus ojos son del verde
que adquiere el mar
durante el estío en la tarde.

Y como este su iris
engaña a la pupila
y le hace dudar.

¿Son azules sus ojos?
¿Están teñidos de añil?
Ahora se me figuran
color turquesa, color miel.

No es hielo azul, ni zafiro
lo que brilla en su mirada.
Son esmeraldas veteadas
verdes, brillantes, de gata.

jueves, 6 de febrero de 2014

Estampas de la vida cotidiana Nº1

          A medida que lo escuchaba nacía en él un enorme desprecio hacia aquel muchacho. Se lamentaba de la crueldad e ingenuidad de sus amigas, que preferían a otros más atractivos antes que a él. Se compadecía de lo terrible de lo que llamaba "la sociedad actual" tan centrada en valorar el físico y la belleza, en resumen, todo lo superficial y como esto le afectaba. No dudaba en usar grandes palabras y en hacer afirmaciones sentenciosas, grandilocuentes, llenas de contenido y vacías de significado, señalando como culpables de sus pequeñas e insignificantes frustraciones a la televisión, al cine, a todos, como justificándose. Como repitiéndose a sí mismo a modo de mantra que si no conseguía lo que quería era porque el mundo no se lo permitía. Y escuchándolo daba la impresión de estar muy seguro de saber mucho del mundo.
          Sus frustraciones amorosas lo llevaban por el camino de la amargura. Su amabilidad y su saber escuchar siempre caían en saco roto, nadie sabía valorar su apoyo, su disposición a enjugar las lágrimas de cualquier mujer que se le acercara. Su servilismo, del que hacía gala orgulloso, no le servía para nada. Parecía que trataba de venderse, contraponía sus supuestas virtudes y bazas a las de sus invariablemente victoriosos competidores, y le repugnaba la pasión por la carne firme y la piel tersa que parecía dominar a sus amigas, que las hacía decantarse siempre por otros, que, en buena medida por su envidia enfermiza, nunca eran de su agrado. ¿Como podían preferir a un idiota con la cabeza llena de serrín antes que a él?
          Sus argumentos y lloros iban de lo penoso a lo patético, como si sus amigas fuesen una carnicería en la que hubiera que coger número para recibir sexo o cariño y todo el mundo se le colase a pesar de que él llevaba el primero. Su lengua viperina quizá no supiera besar pero difamaba de manera insuperable. Su odio cobarde había encontrado en su interlocutor una válvula segura de escape, sin consecuencias que temer. Nunca hablaría así a un amigo común de sus pretendidas amigas a las que, en un desahogo cada vez más acelerado, ponía de putas para arriba. Nunca lo habría hecho por miedo a reducir sus ya de por sí exiguas posibilidades.
          Se presentó en su perorata como una víctima, un incomprendido injustamente tratado, que siempre recibía menos de lo que merecía, un amigo fiel al que todos dejaban de lado, como una especie de mártir del mundo moderno. 
          En cambio, lo que su interlocutor veía era una persona acomplejada, timorata  y retorcida. Un cobarde y un envidioso sin autoestima pero con una dignidad herida derivada de una moral de esclavo mal entendida. Un pusilánime, un "parguelas", un idiota convencido de que su sufrimiento, autoimpuesto y merecido, debía ser recompensado por los demás.
Un tipo triste.