y ladro por las horas que me ha robado.
Ignorante de su techumbre
tejí ilusiones a su sombra.
Elijo y sigo tu consejo
y no pienso en la vuelta
ni en la intención egoísta y frustrada
que invernará paciente
esperando que el verano la descongele.
Y me digo que no y la maldigo
y maldigo la suerte que me toca
con este hilo de oro que me ahoga
con los tirones que inocente me prodiga
a cada movimiento a través de la soga.
Y ahora, ahora, me desarraigo
y no porque no me derrita su mirada
con su esbozo de sonrisa y su iris caoba
o porque esté cansado de enredarme
en esa maraña rubia a medias peinada.
Y no creo que note en mi pecho
la falta de las ilusiones que me daba
cuando esté lejos sin arraigo.
Son el retorno y el tropiezo
que asoman lejanos en un recodo
los que realmente temo.