lunes, 30 de octubre de 2017

Sis

Me tumbo en la cama, embriagado por la falta de preocupaciones y lo que acaba de pasar por mis pulmones. Relajación completa. Sentada en su silla, mi amiga me estudia de nuevo, como tratando de descubrir qué hay de pose y qué hay de persona en ese chico tímido y paciente que hay tumbado en su cama. Toda ella vive tendida entre polos opuestos que, de cerca y a primera vista, no parece que puedan casar de ninguna manera. Solo tomando la perspectiva necesaria puedes descubrir su verdadera imagen, sólo entonces cada pincelada fuera de lugar se revela, en realidad, perfectamente situada. Yo puedo presumir de haber tomado la suficiente distancia, pero no de haber visto el retrato completo.

Sus ojos grandes y claros, que nunca sabría decir de qué color son, pasan rápidamente de mí a la pequeña artesanía cotidiana y estupefaciente que construyen sus dedos habilidosos. El silencio va inundando la habitación como el humo durante el cuarto de hora anterior. Un silencio cómodo y cómplice, que brota de una amistad que parece más lejana cuando más cerca estamos.

Observo desde la cama cómo lía el porro y por un momento es como si descubriera su rostro por primera vez, sin los vicios del espectador habitual. Las líneas rectas de su mandíbula, sus labios pálidos, su piel lunar, las cejas elegantes y serpenteantes… todo en su conjunto le da un aire duro que borra de un soplo sus gestos dulces.

Sus ojos felinos saltan sobre mí de nuevo.

–Y tu compañera de clase, esa… ¿cómo se llamaba?
–Alicia.
–¡Eso! ¿Quedaste con ella al final o qué?

Sin prisa respondo y le explico una vez más que la novedad es que no hay novedades y que eso no para mí no es ninguna novedad. Mientras hablo, su mirada cálida libre de juicios me sienta mejor que mil abrazos.

–Y tampoco es que me haya dicho que no, simplemente pasa algo siempre que impide que que quedemos el día que íbamos a quedar, y entonces fijamos otra fecha. Y así.

Horas después, cuando vuelvo a casa, con la cabeza llena de humo y el corazón lleno de una suerte de alegría nostálgica, no dejo de pensar lo mismo una y otra vez. “Qué suerte tengo, buena y mala de que sea así y de que así seamos. Y qué bien ha acabado saliendo.”

La ciudad dormida asiente en silencio.

domingo, 15 de octubre de 2017

Frente a la barra

–De nada sirve ganar a ser miserable, ¿para qué?. No hablo de que no haya que devolver los golpes que uno reciba, ni que haya que entregarse a servir a alguien que no te va a aportar nada a cambio… pero hay que saber bien dónde está la frontera entre eso y la mezquindad. Y sobre todo, hay que tener cuidado cuando uno desea ser mezquino, miserable con alguien.. perdona si me repito, porque le sale de lo más profundo de las entrañas. Cuando lo haces esperando llenar esa especie de vacío que te nace en la boca del estómago cuando realmente se te va, cuando estás furioso… ¿me sigues?. En ese momento lo que quieres es aliviar la afrenta que sientes. Yo te digo, no merece la pena mancharte así. Y no te estoy diciendo que tengas que poner la otra mejilla. ¡Que Dios, que no existe, me salve de haber redescubierto los dogmas cristianos!. No, no. Esto es parte de tu defensa de los ataques de los demás, no dejes que te arrastren dentro del barro que respiran.


Los ojos de mi interlocutora me miran, confundidos, como intentando discernir si toda aquella historia que le acababa de caer encima era total o parcialmente fruto del alcohol, u otra cosa. Me fijo en su boca, donde se dibuja una media sonrisa divertida. Qué silencio.  Qué vergüenza.


–Perdona si te he molestado, son solo ideas que tengo, y que a veces cuento –digo, como si esa frase quisiera significara algo en realidad.

A la mañana siguiente me avergüenzo mientras que la escena, sin yo quererlo, me vuelve a la cabeza. Es sorprendente la nitidez con la que se me graban estas cosas.