A medida que lo escuchaba nacía en él un enorme desprecio hacia aquel muchacho. Se lamentaba de la crueldad e ingenuidad de sus amigas, que preferían a otros más atractivos antes que a él. Se compadecía de lo terrible de lo que llamaba "la sociedad actual" tan centrada en valorar el físico y la belleza, en resumen, todo lo superficial y como esto le afectaba. No dudaba en usar grandes palabras y en hacer afirmaciones sentenciosas, grandilocuentes, llenas de contenido y vacías de significado, señalando como culpables de sus pequeñas e insignificantes frustraciones a la televisión, al cine, a todos, como justificándose. Como repitiéndose a sí mismo a modo de mantra que si no conseguía lo que quería era porque el mundo no se lo permitía. Y escuchándolo daba la impresión de estar muy seguro de saber mucho del mundo.
Sus frustraciones amorosas lo llevaban por el camino de la amargura. Su amabilidad y su saber escuchar siempre caían en saco roto, nadie sabía valorar su apoyo, su disposición a enjugar las lágrimas de cualquier mujer que se le acercara. Su servilismo, del que hacía gala orgulloso, no le servía para nada. Parecía que trataba de venderse, contraponía sus supuestas virtudes y bazas a las de sus invariablemente victoriosos competidores, y le repugnaba la pasión por la carne firme y la piel tersa que parecía dominar a sus amigas, que las hacía decantarse siempre por otros, que, en buena medida por su envidia enfermiza, nunca eran de su agrado. ¿Como podían preferir a un idiota con la cabeza llena de serrín antes que a él?
Sus argumentos y lloros iban de lo penoso a lo patético, como si sus amigas fuesen una carnicería en la que hubiera que coger número para recibir sexo o cariño y todo el mundo se le colase a pesar de que él llevaba el primero. Su lengua viperina quizá no supiera besar pero difamaba de manera insuperable. Su odio cobarde había encontrado en su interlocutor una válvula segura de escape, sin consecuencias que temer. Nunca hablaría así a un amigo común de sus pretendidas amigas a las que, en un desahogo cada vez más acelerado, ponía de putas para arriba. Nunca lo habría hecho por miedo a reducir sus ya de por sí exiguas posibilidades.
Se presentó en su perorata como una víctima, un incomprendido injustamente tratado, que siempre recibía menos de lo que merecía, un amigo fiel al que todos dejaban de lado, como una especie de mártir del mundo moderno.
En cambio, lo que su interlocutor veía era una persona acomplejada, timorata y retorcida. Un cobarde y un envidioso sin autoestima pero con una dignidad herida derivada de una moral de esclavo mal entendida. Un pusilánime, un "parguelas", un idiota convencido de que su sufrimiento, autoimpuesto y merecido, debía ser recompensado por los demás.
Un tipo triste.
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