Un silencio incómodo y compartido
no deseado pero bien arraigado,
frío, duro y cortante, como una ventisca,
arrastra las palabras y las hiela.
Congeladas, mueren antes de llegar a la boca
tras muy pensadas se las abandona,
tras muy gastadas se las olvida,
agotadas y derrotadas sin lucha.
Vuelven y se toman su venganza
con su memoria que avergüenza
por su patético y ominoso fin
por su desperdicio y desprecio.
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