Me senté a ver las hojas secas
que cayeron de nuestro árbol,
cuando llegó nuestro otoño
y los fríos helaron todo ardor.
Al morir caen, ígneas, inflamadas de rojas,
yacen en el suelo, las pisadas no las sienten,
esperando a alimentar una nueva primavera
con su cuerpo podrido e infecto.
Me senté a ver el tronco hendido
de nuestro árbol, ahora seco, muerto.
Herido por un rayo de ira cruel,
cortado por hachazos certeros.
Quisiera desenraizar ese tocón maldito
que como una funesta lápida me recuerda
lo que he tenido y he perdido
y me dejó la carne sucia y abierta.
lunes, 13 de enero de 2014
Nuestro árbol
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