domingo, 15 de octubre de 2017

Frente a la barra

–De nada sirve ganar a ser miserable, ¿para qué?. No hablo de que no haya que devolver los golpes que uno reciba, ni que haya que entregarse a servir a alguien que no te va a aportar nada a cambio… pero hay que saber bien dónde está la frontera entre eso y la mezquindad. Y sobre todo, hay que tener cuidado cuando uno desea ser mezquino, miserable con alguien.. perdona si me repito, porque le sale de lo más profundo de las entrañas. Cuando lo haces esperando llenar esa especie de vacío que te nace en la boca del estómago cuando realmente se te va, cuando estás furioso… ¿me sigues?. En ese momento lo que quieres es aliviar la afrenta que sientes. Yo te digo, no merece la pena mancharte así. Y no te estoy diciendo que tengas que poner la otra mejilla. ¡Que Dios, que no existe, me salve de haber redescubierto los dogmas cristianos!. No, no. Esto es parte de tu defensa de los ataques de los demás, no dejes que te arrastren dentro del barro que respiran.


Los ojos de mi interlocutora me miran, confundidos, como intentando discernir si toda aquella historia que le acababa de caer encima era total o parcialmente fruto del alcohol, u otra cosa. Me fijo en su boca, donde se dibuja una media sonrisa divertida. Qué silencio.  Qué vergüenza.


–Perdona si te he molestado, son solo ideas que tengo, y que a veces cuento –digo, como si esa frase quisiera significara algo en realidad.

A la mañana siguiente me avergüenzo mientras que la escena, sin yo quererlo, me vuelve a la cabeza. Es sorprendente la nitidez con la que se me graban estas cosas.

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